Lauderdale en Granada

Corría el rumor, cuando yo era apenas un adolescente en Madrid, de que los propietarios de los kioscos del Retiro cegaban las fuentes públicas para tener más negocio. Ya fuera leyenda urbana o realidad, no sabía yo entonces que me estaban hablando de un ejemplo práctico de la paradoja de Lauderdale. Un mecanismo que cada vez vemos más a nuestro alrededor, también en Granada, como una de las mayores perversiones del capitalismo.

James Maitland, conde de Lauderdale, teorizó allá por 1800, que a menudo el capitalismo basa la obtención de beneficios no en la producción de abundancia, sino en la generación de escasez. Dificultando o restringiendo el acceso a un bien público, la población se ve abocada a recurrir al mercado para conseguir lo que antes era de acceso libre o compartido.

Maitland describía así lo que había sido el proceso de cercamiento de tierras comunes en la Inglaterra de su época. Pero el método se sigue aplicando en la actualidad y Granada está repleta de ejemplos: ¿Conocen ustedes las parcelas sin edificar de La Azulejera, en la capital, entre Casería de Montijo y el Parque Nueva Granada? Recuerdo perfectamente el pleno en el que la concejala de urbanismo defendió una modificación del plan parcial que permitía trocear la edificación bloque a bloque, con el fin de que las viviendas salieran al mercado en pequeños lotes y así “no se depreciaran”. Es decir, favorecer la especulación haciendo artificialmente escaso el número de viviendas que se ponían a la venta para mayor beneficio de las promotoras. Y esto en pleno boom inmobiliario. De igual manera recuerdo cómo se pactó con las concesionarias de aparcamientos municipales la ampliación de la zona azul en el entorno de los subterráneos. Se trataba de eliminar los aparcamientos gratis para hacer más atractivos los de pago. De nuevo, Lauderdale.

Si miramos más atrás, vemos a Lauderdale en la trágica desaparición de los tranvías en toda España. También en Granada, donde teníamos un tesoro del transporte público que ahora costaría cientos de millones recuperar. Había que eliminar ese bien común para hacer posible el negocio del coche privado. Pero es que pasó lo mismo con la sana costumbre de una generación entera de chavales que crecimos compartiendo cívicamente un litro de cerveza y unas patatas fritas en una plaza o en el banco de un parque. Una actividad hoy no sólo prohibida en nombre de una convivencia mal entendida, sino imposible porque el espacio público de las plazas también se ha privatizado en forma de terrazas.

Y la ofensiva sigue: en forma de la privatización de edificios públicos como el centro de menores de San Miguel o el Convento de Santa Inés, dos instalaciones de uso social y educativo que se quieren vender para hoteles; mediante el estrangulamiento de la formación profesional o la universidad públicas, cuyas plazas crecen en proporción ridícula en comparación con una demanda que se ve abocada a acudir a instituciones privadas o, por supuesto, con el progresivo deterioro de la sanidad pública para que quien pueda, ya desesperado, pase por la caja de la privada.

No es casualidad. Es una estrategia de las élites dueñas de los medios de producción: hacer escasos los bienes públicos para crear el marcado para su oferta privada. Lo dramático es que nuestros sonrientes gobernantes, ya sea en Andalucía o en Granada, se conviertan en necesaria herramienta para ejecutar esta auténtica conspiración contra la ciudadanía.

La alternativa es evidente: una amplia alianza de las fuerzas políticas y sociales para construir una nueva abundancia de bienes públicos: de transporte, salud, educación, vivienda, bienestar, ocio… y sustituir la Granada del “consuma y pague lo que pueda” por la del “disfrute y cuide lo que es de todos”. Porque el secreto no es pelearnos por lo que es escaso pudiendo ser abundante, sino recuperar la abundancia compartida… ¿empezamos por las fuentes públicas, ahora que hace calor?

Publicado en elindependientedegranada el 23 de junio de 2026

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