21 de julio de 2012

Los "hijos" de los que ganaron la guerra, pedimos memoria histórica

Ninguno de los miembros de mi familia murió fusilado en las tapias del cementerio de Granada. Ellos eran de los otros, del bando que ganó la guerra. Algunos, jugando un papel muy activo en la contienda y en la dictadura de Franco.

Tuve que llegar a ser concejal del Ayuntamiento de Granada para aprender que en los mismos sillones en los que yo me sentaba y discutía de la política cotidiana de la ciudad, se sentaban, 50 años antes, unos hombres que fueron asesinados por hacer exáctamente lo mismo que yo: representar a la izquierda de Granada. Aprender, con asombro, que si por un azar caprichoso yo hubiese nacido 50 años años antes, habría muerto antes de llegar a cumplir los 34, fusilado en las tapias del cementerio a manos de unos fanáticos a los que mis antepasados llamaban "compañeros nacionales".


Y no fueron sólo concejales. Fueron diputados, profesores, médicos, artesanos, abogados, trabajadores de toda clase, sindicalistas, maestros... en número de 4.000 ¡4.000 sólo en las tapias de Granada! Algo más del 1% de toda su población. Su delito: ser un presunto obstáculo para el nuevo régimen nacional católico (la versión española del fascismo)

La memoria histórica es eso: aprender la historia de nuevo. Cambiar la palabra alzamiento por golpe de estado; guerra por exterminio; confrontación por agresión... comprender que Francisco Franco fué la versión española de Adolf Hitler, sólo que más cruenta (Franco asesinó más españoles de los alemanes que asesinó Hitler).

La memoria histórica es preguntarse cómo se produjo la fantástica acumulación de riquezas inmobiliarias, bancarias y de tierras de los que ganaron la guerra. Qué pasó con los bienes, las fábricas, las tiendas, las haciendas de los perdedores... y comprender también el vergonzoso papel que jugó la Iglesia Católica como complemento necesario de la matanza. Sin memoria histórica, no se puede comprender la realidad social y económica actual de Andalucía.

Yo todo esto lo he aprendido pasados los 30... el relato en mi familia era otro. Aún ayer, camino de la tapia, un familiar mío me decía: "mentiras, exageraciones... si hubieran ganado los otros..." Hay que estar allí. Hay que escuchar la voz de la niña que con 9 años perdió a su padre. Hay que leer las cartas a sus familias de los prisioneros condenados sin juicio ni culpa. Hay que escuchar la larga posguerra de humillación, pobreza y silencio de los huerfanos de los que perdieron.

España se merece la verdad. Nadie puede discutir la utilidad del movimiento por la memoria histórica ni la necesidad de que sea fomentado y desarrollado desde los poderes públicos. Sin el movimiento por la memoria histórica, yo, jamás hubiera sabido la verdad sobre mi ciudad, sobre mis vecinos... y sobre mi propia familia. Memoria histórica es saber la verdad. Descubrirla en toda su crudeza. Aunque duela... y duele, sin que ello me quite un ápice de cariño a mis familiares.

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