21 de diciembre de 2014

Senderos e Historias por la Vega de Granada



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Este, no solo magnífico, sino, yo diría, necesario libro de Agustín Gil, es mucho más que una guía turística, histórica, ambiental y paisajística de la Vega de Granada. Es también un ejercicio, desde la memoria, que nos ayuda a entender qué cosa es esta Granada nuestra en la que muchos vivimos, y aún más visitan, sin acabar de comprenderla.
¿Qué es Granada? Granada es una inmensa y fértil vega, recorrida por miles de caminos, acequias y años de historia. Y en medio de ella, y alrededor, algunos espacios reservados para que habiten los seres humanos. Los mismos que durante esos miles de años han vivido de la generosa riqueza de la tierra, así como de los oficios y servicios indirectos que la labor en ella generaba. Granada es un huerto con decenas de núcleos de población que conforman el área metropolitana.
Yo descubrí esa verdad, de un golpe de vista, la primera vez que vi conscientemente la Vega. Fue en octubre de 1988. Era mi tercer día en Granada. Recién llegado de Madrid y con un plano debajo del brazo, intentaba comprender la ciudad en la que iba a vivir. Al atravesar el Camino de Ronda y llegar a Arabial, que entonces lindaba directamente con la Vega, tuve la sensación de estar en un paseo marítimo. Con edificios residenciales de diez plantas a mi espalda y un horizonte verde ante mí. Hay ciudades de mar, hay ciudades de industria y hay, como Granada, ciudades de vega. Pero Granada hace décadas que renegó de la Vega como los malos hijos reniegan de la madre. Con la prepotencia y la ignorancia de la juventud. Ese espíritu que podríamos llamar de "neocateto urbano", el mismo que nos llevó a arrancar las vías del tranvía o a demoler las más hermosas casonas del barrio Fígares. Un espíritu que impregna no pocos de los discursos actuales que esgrimen el desarrollo para enmascarar la depredación del entorno y la apropiación de lo público.
Valoremos lo que somos y desarrollémoslo. Corrijamos el rumbo, como otros ya han hecho. En Barcelona, por ejemplo, desde que se planteó la transformación urbana a raíz de las Olimpiadas de 1992, se alzó un discurso que después se hizo hegemónico: Barcelona, que no es otra cosa que un puerto de mar, había crecido de espaldas al mar, ignorándolo, marginándolo, buscando su identidad y futuro al margen del espacio natural y económico que le había dado origen. Era hora de corregirlo. Y cuando la ciudad decidió reconciliarse con el mar, y lo hizo magníficamente (aunque con escaso criterio social), disfrutó de un renacimiento que aún perdura.
Es hora de que Granada, que no es otra cosa que la fortaleza y mercado central de la Vega, se reconcilie con su propia historia. Granada debe cesar de devorar el recurso natural y económico al cual se debe y desarrollarlo con mentalidad, aspiraciones y medios del siglo XXI. Esto pasa por un cambio de mentalidad que, mucho me temo, va a necesitar de un cambio generacional en los decisores económicos, sociales y políticos. Pasar de la generación que ha visto en los marjales de la Vega un espacio en el que meter urbanizaciones, centros comerciales y autovías, a otra generación. La que vea en nuestra vega un yacimiento de empleo productivo, sostenible y de calidad.
Este es el criterio defendido por el profesor Joaquín Casado en un muy recomendable cuaderno publicado en 2011 por la Real Academia de Buenas Letras de Granada: “La Vega de Granada como solución y apuesta de futuro”. En él defendía la necesidad, no sólo de la tradicional protección pasiva de la Vega, prohibiendo determinados usos, sino, sobre todo, una protección activa de la Vega, convirtiéndola en un valor económico disuasorio de la urbanización: “apoyo a los labradores de la Vega para potenciar de una parte los cultivos industriales ligados a la alameda y de otra a la introducción de la agricultura ecológica a gran escala, implicándose las administraciones en ayudar económicamente y con ayudas técnicas a los labradores para que, entre otras acciones, puedan vender sus productos directamente al consumidor”. Se trata de volver a la tierra, pero de otra manera.
Este libro invita al esparcimiento en la Vega como lugar de salud, ocio y educación ambiental para personas de todas las edades. Pero también es pedagogía pura y experiencial de las raíces vivenciales de Granada: el espacio en el que pueden convivir la industria agroalimentaria, la huerta ecológica, el sendero centenario, la acequia, el cortijo reutilizado como alojamiento o restaurante de excelencia para el visitante turístico, la alameda, el carril bici, la actividad cultural de hondas raíces populares y hasta el cultivo de hierbas medicinales con el centro de investigación biomédica.
Felicito a Agustín, su autor, por defender la Vega y por insertar en ello también algo de pedagogía sobre el transporte público. Pero le felicito sobre todo por escribir una obra cargada de futuro. Este libro debe ser leído, pero debe, además, ser practicado. Porque recorrer la Vega, comprender su historia y su potencial, no puede quedarse solo en una contemplación nostálgica del pasado. Debe ser, acto seguido, motivo de inspiración para planificar el futuro. Un futuro que pasa, necesariamente, por un modelo de producción y consumo coherente y respetuoso con el entorno privilegiado en el que vivimos. Uno de los más bellos del mundo: la Vega de Granada.

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