16 de junio de 2015

Cuestión de Clase

El terremoto electoral tiene dos claras señas de identidad: la reacción ciudadana contra la corrupción y las oportunidades abiertas para nuevas fuerzas por el desgaste de los partidos surgidos de la transición. Pero las elecciones pasan y al día siguiente, sean nuevos o antiguos, tienen que gobernar. Y no sólo en materia de corrupción, sino en todo lo demás.

Yo defiendo que más que nunca, la política y el gobierno son una cuestión de clase. Que sí. Que hay diferencias en materia de compromisos contra la corrupción y sobre todo en el patrimonio de honestidad política probada con la que cada fuerza política llega a los ayuntamientos. Pero sobre todo, que es el momento de conocer qué representa cada partido ante la creciente desigualdad social y económica de nuestro país.

Vivimos un tiempo que queda caracterizado por el florecimiento de casas de empeño por doquier en las calles de nuestros barrios. No hay más perfecto testimonio del grado de desesperación y empobrecimiento de millones de familias. ¿Qué representa el cambio para esta gente? Porque no es lo mismo tomar decisiones de gobierno que beneficien a los que más tienen y que cada día más ganan y pueden que tener en el frontispicio de la gestión cotidiana a quienes están sufriendo este periodo de acumulación sin precedentes denominado, simplistamente "crisis". Al final, gobernar es cuestión de clase. 

Por lo pronto, en Andalucía, el PSOE ha preferido como socio a Ciudadanos para sustituir al cogobierno con IU. Y el cambio no es trivial. Quedan postergadas al cajón de los juguetes rotos cosas como las leyes para crear una banca pública en Andalucía, la aspiración de un banco de tierras para los parados del campo, la ley antidesahucios y los planes de choque contra el desempleo. En su lugar, la agrupación naranja se ha preocupado muy mucho de introducir un compromiso para rebajar entre dos y tres puntos el tramo autonómico del IRPF... mejora en sus ingresos para los más pudientes, que pagarán menos impuestos y a cambio, merma de la ya de por sí escasa capacidad de autofinanciación de Andalucía. Cuando el año que viene falte dinero para alguna importante inversión o servicio público, acuérdense de esta rebaja a los más acomodados que han impuesto los de Albert y que Susana ha acatado. Aquí una clase gana y otra pierde.

También los Ayuntamientos son escenario de la lucha de clases. Por mucho que una destacada dirigente, hoy concejala, me dijera en la precampaña que "que los autobuses lleguen puntuales no es ni de izquierdas ni de derechas". Lo siento mucho. Discrepo. La izquierda es obtener más derechos, bienestar y servicios para la clase trabajadora. Y sí. Es de izquierdas que los autobuses lleguen puntuales (o que simplemente lleguen); que abran las bibliotecas (a veces simplemente que haya bibliotecas); que los servicios públicos no sean objeto de negocios privados; que se cuiden los parques del polígono de Almanjayar como se cuida el García Lorca o que se gaste más en ayudar al pequeño comercio que crea empleo que en apoyar con chanchullos a las grandes superficies que lo destruyen.

Al final, gobernar es cuestión de clase y ahora es momento de ver con qué clase está cada cual.

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