1 de enero de 2014

2 enero. Convocatoria fascista amparada por el PP en Granada

Quizá alguien pueda decir que la ciudadanía está cansada de los debates sobre el día de la toma. Lo cierto es que también existe un ámplio sector de esa misma ciudadanía que se cuestiona la idoneidad del 2 de enero como fecha más adecuada para fijar en ella una fiesta local en nuestra ciudad. Lo cierto es que desde hace tiempo viene haciéndose necesario establecer un debate sereno al respecto. Un debate pragmático y alejado del apasionamiento que en ocasiones los símbolos despiertan. Un debate que tome como punto de partida, que una fiesta local debe centrarse en una fecha que simbolice a las principales señas de identidad comunes a la población de una ciudad, a su historia, a su patrimonio y a sus valores.

Tomando estos criterios, debemos reconocer que la fecha del 2 de enero no es adecuada en absoluto para representar la identidad de Granada.

En primer lugar, Granada no tiene, como ciudad, nada que celebrar en ese particular día del año. Fue también un 2 de enero, el del año 1492, el día en que la realeza castellana consiguió hacer entrar sus tropas en la ciudad después de haber firmado un acuerdo con la realeza nazarí. Aquél día comenzó sin duda uno de los periodos más oscuros de la historia de Granada, periodo que se extendió durante largos años, comenzando con la expulsión de los judíos en marzo de 1492, continuando con la quema de libros por parte de la inquisición y con el periodo final ya de persecución abierta tras ser decretada la conversión de todos los moriscos.

El dos de enero de 1492 fue por lo tanto un día oscuro para los granadinos. Cuando paseamos por el Darro, o por el Albayzin; cuando vemos ponerse el sol tiñendo de tonos rosados Sierra Nevada; cuando recibimos a oleadas a los turistas, principal industria de esta ciudad, que vienen a ver la Alhambra, los granadinos debemos pensar en nuestros antecesores, en aquellos otros granadinos y granadinas que sufrieron persecución, tortura, empobrecimiento y muerte por el simple hecho de negarse a profesar la misma religión que la nueva casa real que ahora les gobernaba.

¿Tenemos algo que celebrar los granadinos al recordar ese día? ¿No deberíamos más bien, en caso de hacer alguna memoria, convocar un día de luto local?. La fecha es histórica, por supuesto, pero hay muchas formas de celebrarla. En Japón, cada 6 de agosto, en la ciudad de Hiroshima los ciudadanos se reúnen y recuerdan en silencio, bajo el sonido de las campanas el desastre de la ciudad… ese es el único espíritu que un verdadero granadino del siglo XXI puede sentir al recordar el 2 de enero y todo lo que semejante fecha trajo.

No se trata desde luego, ni mucho menos de releer la historia con parámetros actuales, juzgando el pasado. Mucho menos de caer en el maniqueísmo absurdo de defender la Granada musulmana como mejor o superior a la Granada cristiana. Los habitantes de esta ciudad pasaron del yugo de unos señores al de otros, pero en el proceso, en el periodo de transición, el sufrimiento alcanzó cotas inimaginables.

En segundo lugar, desde el punto de vista del contenido simbólico de la fiesta, tampoco puede defenderse que esta sea adecuada ni para la Granada del Siglo XXI ni para los valores constitucionales que deben presidir una fiesta local. La fiesta tradicional de la toma, el 2 de enero, se centra en un homenaje a lo que pretende ser un glorioso hecho histórico: la eliminación del último reino de confesionalidad islámica de la península ibérica.

La capitulación de la ciudad sería tan sólo un episodio más de una historia cruel e implacable –la de las sucesivas guerras entre reinos de la península- si no fuese porque esos mismos reyes a los cuales se honra en la Capilla Real, necesitaron de una argucia para hacerse con la ciudad: prometieron en las capitulaciones respetar las vidas, las haciendas, la religión y las leyes propias de los habitantes de Granada. Nada de eso fue respetado. ¿Qué homenaje pues es el que rendimos? ¿Qué celebramos? ¿Qué méritos reconocemos? ¿La traición? ¿La avaricia? ¿La sed de poder? ¿La crueldad? ¿Qué modelo de valores y conductas representan para nuestros jóvenes? ¿Qué cosa grande hicieron esos reyes por los granadinos para que ahora honremos su memoria? Perseguirlos, exterminarlos cultural y físicamente.

Quien, a pesar de todo esto, desee reconocer el 2 de enero y a sus artífices, lo hace desde una opción bien clara. Quien en esta fecha tiene algo que celebrar es porque se identifica y siente solidario no con los vecinos de granada de 1492, sino con unos lejanos monarcas venidos de Castilla y Aragón y con sus tropas. Y esto simplemente porque estos extraños eran católicos, aunque no fuesen granadinos. Y en la hondura de la fiesta está la reafirmación de una jerarquía de valores: sentirse antes católico que granadino. Estar dispuesto a celebrar que unos individuos viniesen a saquear e invadir esta ciudad por el sólo hecho de que estos invasores eran católicos, como quienes celebran.

Esta fecha por tanto no sólo no es adecuada para una fiesta local, sino que es la menos adecuada. Esta fiesta es una celebración del antigranadinismo, del renegar de nuestro carácter de granadinos poniendo por encima de ello, a costa de ello, que somos católicos, como los reyes y sus tropas que tomaron la ciudad. Y se alega en su defensa que se trata de una tradición ideada por los propios reyes católicos ¡POR SUPUESTO! ¡FALTABA MÁS! Ahí sin duda radica su origen. Algún ritual debía existir como prueba de fuego para los supervivientes de la invasión, que eran invitados a proclamar pública y mansamente que antes que granadinos eran católicos. No españoles, sino católicos, pues en pleno Siglo XV tan española o no españolas eran Granda como Castilla, con independencia de la confesión religiosa de su monarca.

Rituales de humillación de los vencidos se han dado y se dan tantos en la historia que resulta casi cómico que los granadinos no nos demos cuenta que eso y no otra cosa es lo que se realiza el 2 de enero en el ritual tradicional: como las marchas de los Orangistas a través de los barrios católicos del Ulster: una demostración de poder y una provocación, para que el resto del año nadie olvide quién domina la ciudad. Y si tanto nos indigna esa demostración a tres mil kilómetros de distancia ¿Cómo no somos capaces de reaccionar ante la que tradicionalmente se repite ante nuestras propias casas? Aquí también debe cumplirse aquello de la paja en el ojo ajeno y la viga en el propio.

En tercer lugar, cabe cuestionar la oportunidad de la celebración del 2 de enero a consecuencia del giro que está sufriendo en los últimos años, en los que se ha venido convirtiendo en una de las citas anuales de opciones políticas xenófobas y preconstitucionales. El cogobierno PSOE-IU-PA en 2001 intentó y no se atrevió finalmente a transformar esta fiesta. Radicales de extrema derecha lo impidieron, demostrando que a veces pueden más, para vergüenza de la democracia, los gritos de cuatro nostálgicos que los votos de la mayoría ciudadana.

Algunos dicen que es una desgracia que esos grupos hayan hecho suya la fecha, como si se tratara de algo fortuito, accidental e imprevisible. La identificación de estos grupos con la fiesta debería abrirnos los ojos sobre la verdadera naturaleza de la misma. Somos nosotros, los granadinos, los que mantenemos una celebración tan cargada de racismo, xenofobia, culto a la fuerza y nacionalcatolicismo que no puede por menos de atraer de forma preocupantemente creciente a quienes se identifican con tales valores.


La historia y las tradiciones no vienen solas, se construyen y cambian dinámicamente, y la expresión del alma de una ciudad, que no otra cosa son sus fiestas, también debe evolucionar. Ya es hora de que algún gobierno municipal se atreva a sacar a Granada de esta vergonzante fiesta, dándole un empujoncito hacia el siglo XXI. Ya no es la toma lo que expresa el sentir común de los granadinos. Granada ya no es la ciudad católica que pueda celebrar la toma, como tampoco es España el estado franquista que pueda celebrar el 18 de julio. Existen otros referentes, otro personajes, otros símbolos comunes a los que aferrarse: Mariana, Federico… mejores representaciones de Granada, sin duda, que el trágico 2 de enero: el día en que la paz, la verdad y la convivencia fueron derrotadas dando paso a la vergüenza, la mentira y la limpieza étnica.

NOTA:
Este texto constituyó la defensa de una moción presentada por IU en diciembre de 2004 en el Ayuntamiento de Granada para proponer la modificación de la fecha del 2 de enero, cambiando la fiesta local al día de Mariana Pineda. Fue rechazada por los votos de PP y la abstención del PSOE