19 de febrero de 2019

Cuatro proyectos de especulación disfrazados de desarrollo.

Varios proyectos se ciernen sobre el bien común de la provincia de Granada, al olor de los beneficios de la apropiación de espacios naturales protegidos y con expectativas alentadas por un gobierno andaluz aún más proclive que el anterior a facilitar pelotazos.

Los promotores del teleférico, la ampliación de la estación de esquí, el puerto deportivo en Playa Granada o el cierre del anillo de la circunvalación tienen un lenguaje compartido que habla de crecimiento, puestos de trabajo y desarrollo. Pero sus proyectos comparten también una realidad  oculta de destrucción del patrimonio común, enriquecimiento particular, beneficios millonarios y especulación urbanística. de la que no hablan ellos ni sus amigos políticos ni sus apoyos mediáticos.

Tuve ocasión de ser el interlocutor directo de algún representante de este tipo de iniciativas depredadoras del patrimonio común en mi breve paso por la delegación provincial de fomento.  Los proyectos que presentaban eran impecables, salvo por dos detalles. Uno, el más previsible, la necesidad de una flexibilidad excepcional respecto de la normativa ambiental que regula los espacios naturales protegidos en los que pretenden actuar. El otro, menos evidente, pero de importancia definitiva: que eran proyectos económicamente inviables en sí mismos. 

Los ejemplos más claros son los del puerto deportivo y, desde luego, el del dichoso teleférico. Ninguno de los dos tienen el potencial de generar ingresos suficientes como para recuperar la inversión necesaria, por muchos años de vida que se de a la concesión. Simplemente, no se costean. Requieren inversiones millonarias y sus costes de mantenimiento y operación absorben de largo las cuotas que puedan pagar las personas usuarias. ¿Por qué, entonces, esta insistencia? ¿Querría un empresario meterse en un negocio que es ruina segura?

Un empresario no. Un especulador sí. Porque estos proyectos no son otra cosa que la tapadera para justificar urbanizaciones de lujo en enclaves privilegiados: primera línea de playa en Motril, las faldas de Sierra Nevada en pleno Parque Natural y a pié de teleférico o las laderas del Darro con vistas a la Alhambra en el caso del cierre del anillo. De repente entonces, un metro de suelo que pasa de monte en mitad de ningún sitio a rincón urbanizado para mesita de café con vistas, multiplica su valor por mil en una semana. Ahí está el negocio. Un teleférico como servicio público que eliminara miles de coches contaminando Sierra Nevada, es un proyecto sobre el que se puede debatir. Pero no es eso de lo que estamos hablando.

No es una hipótesis ni el resultado de una teoría de la conspiración. Les estoy contando mis conversaciones con los promotores de estos proyectos, que me explicaron que la construcción residencial en estos parajes privilegiados era imprescindible para que salieran las cuentas. Evidentemente. Y tan imprescindibles. Como que son en realidad el objetivo último y primero de la iniciativa. La situación me recuerda a un cuento que me contaba mi madre sobre dos frailes adictos al tabaco. Uno de ellos, pidió al abad permiso para fumar mientras rezaba y el abad, lógicamente, se lo prohibió, mientras que el otro, más pillo, pidió permiso para rezar mientras fumaba y lo obtuvo sin problema. Y así estaban, los dos de rodillas en sus rezos, uno fumando y contento y el otro con cara de tonto.

Cara de tontos es la que creen que tenemos los granadinos, cuando intentan convencernos de las bondades de infraestructuras con urbanizaciones complementarias, que son sino pelotazos urbanísticos en espacios privilegiados. Para intentar que "cuelen" los encubren con infraestructuras inviables, pretendiendo que nos precipitemos tras ellas como el burro tras la zanahoria del desarrollo.

La importancia de proteger nuestros espacios naturales es, ante todo, de carácter ambiental. Cada metro cuadrado de destrucción de espacios naturales es un golpe a la salubridad del aire que respiramos y el agua que bebemos y cada paso atrás en pérdida de biodiversidad es un clavo en el ataúd de nuestra especie. Pero es también una cuestión de justicia social. Esos espacios que se pretenden privatizar y urbanizar son ahora espacios comunes. Terrenos y paisajes que cualquiera de nosotros puede recorrer y disfrutar. El día que los especuladores triunfen, tendrán dueño particular y los habremos perdido para siempre. Seremos un poco más pobres. Cuestión de clase.