20 de abril de 2017

Plan andaluz de soberanía energética

Andalucía padece un modelo energético anticuado, ineficiente, ruinoso para nuestra economía y dependiente. Para colmo, la generación de energía renovable en nuestra comunidad se encuentra en pleno retroceso, por mucho que la propaganda del régimen susanista se empeñe en transmitir lo contrario.

Para Izquierda Unida, el cambio de modelo energético forma parte del tronco central del cambio de modelo productivo que requiere Andalucía.

Andalucía, en primer lugar, no ha sido capaz hasta ahora de despegarse de un modelo económico muy intenso en consumo energético, pero que, además, cada vez es menos eficiente. Así, la intensidad energética primaria (consumo de energía por cada millón de euros de producto interior bruto) de Andalucía, se encuentra estancada en los mismos parámetros que antes de la crisis, en el año 2000, pero este consumo de energía primaria se realiza para alcanzar un consumo de energía final que es un 15% menos intenso que el que realizábamos en aquel año. Es decir: que consumimos energía con la misma intensidad para satisfacer una demanda un 15% menos intensa.

Ese consumo energético es, además, muy contaminante, pues Andalucía basa el 81% de toda la energía que consumimos en los combustibles fósiles: un 16,1% en carbón; 44.1% en petróleo y sus derivados y un 20.9% en gas natural, que nos dice la propaganda que es muy limpio, pero que libera gases de efecto invernadero como cualquier otro combustible fósil. La imagen de la Andalucía renovable con sus molinitos de viento y sus placas solares sólo sirve para los prospectos electorales. La emisión de gases de efecto invernadero ha vuelto a crecer el año pasado, tan pronto ha vuelto a crecer el PIB, y el incumplimiento de los compromisos del protocolo de Kyoto ya ni es noticia por lo habitual.

Es, además, un modelo dependiente, pues Andalucía sólo es capaz de producir el 17% de toda la energía que consumimos. Tenemos que comprar en el exterior de nuestra comunidad petróleo, carbón, gas y hasta electricidad para satisfacer más de uno de cada 5 de los kilovatios que consumimos. Una decisión económica o política ajena a nuestro control, podría condenarnos a una crisis energética sobrevenida por desabastecimiento de efectos catastróficos.

Lógicamente, esta dependencia material supone un quebranto económico considerable. Cada año, los andaluces dedicamos más de 10.000 millones de Euros a comprar energía fuera de nuestra comunidad. Es una cantidad que representa el 7% del PIB andaluz; equivalente a un tercio de todo el presupuesto de la Junta de Andalucía y más del doble del gasto en educación pública. Todo ese dinero desaparece cada año de nuestra tierra sólo porque mantenemos este modelo energético obsoleto, dependiente, contaminante y ruinoso.

La respuesta lógica a esta situación sería un plan de soberanía energética para Andalucía, planificado y financiado desde los poderes públicos y que permitiera en un plazo razonable (¿10 años?) revertir esta situación.

Pero no es eso lo que está haciendo el gobierno andaluz. En el sector residencial, responsable del 16% de consumo de energía, las únicas medidas serias que se han puesto en marcha para la reducción del consumo energético, datan del breve periodo en que IU fue responsable de la Consejería de Fomento y Vivienda. En la actualidad, esos planes están parados o abandonados. En materia de transporte, el sector que devora el 37.3% del consumo energético, se ha paralizado la Ley Andaluza de movilidad sostenible, planteada también por IU y que aborda desde la reducción de demanda de movilidad al fomento del transporte público o no motorizado.

Las ayudas a la generación renovable, al autoconsumo o a la micro generación municipal, cooperativa o social, no existen. Ni se las espera con este PSOE tan liberal en el gobierno. En lugar de eso, se deja que la mano del mercado lo resuelva todo. Y esa mano, con Rajoy el consentido meciendo la cuna desde Madrid, no hace sino favorecer el desmantelamiento de la generación renovable. Así, en Andalucía, hemos retrocedido en los dos últimos años más de un 10% en generación de energía renovable desde el máximo alcanzado en 2013 y el cierre del año 2016 probablemente se acerque a la cifra alcanzada en 2011.

¿Qué es un plan de soberanía energética para Andalucía?

Es, ante todo, un gran pacto político y social por un cambio de modelo. No podemos seguir haciendo las cosas como hasta ahora. Tienen que cambiar planteamientos relacionados con la generación, distribución y consumo de energía, pero también con el urbanismo y el transporte, la forma de construir y, en gran medida, la forma de consumir no sólo energía.

Algunos elementos clave:
  • Adopción del modelo de generación-consumo distribuidos (smart grid energética)
  • Fomento activo a la micro generación y a la generación social (municipal, cooperativa, etc.)
  • Planificación de grandes instalaciones renovables (eólicas, termosolares, fotovoltaicas) con reserva para la titularidad pública de los emplazamientos privilegiados  de excepcional rendimiento, que deben considerarse patrimonio andaluz.
  • Planificación de inversiones para el transporte sostenible con prioridad al ferrocarril y cercanías, red de centros logísticos y red ciclista.
  • Programa de reducción del consumo energético en la edificación.
  • Intervención en el mercado para favorecer los canales cortos de comercialización y el consumo de productos locales. Reducción del consumo de productos de larga distancia.
El informe IRENA (Agencia Internacional para la Energía Renovable) "Rethinking Energy" ofrece dos datos que deberían hacer pensar y actuar con rapidez a cualquier gobernante andaluz: los costes de instalación de la energía fotovoltaica se han reducido a la mitad desde 2010, mientras que los costes de la eólica se han reducido un 25%. Además, cada MW instalado de energía renovable crea un empleo anual (el triple que las energías no renovables). China, Estados Unidos y Alemania se han lanzado a la carrera de construir una gran red de centrales fotovoltaicas. Justo en el momento en el que Rajoy les ha subido los impuestos para desincentivar su construcción ¿Dónde está Andalucía en todo esto? No está porque no hay política energética propia en Andalucía.

Con tiempos de recuperación del capital invertido que oscilan entre los 5 y los 8 años, no hay excusa para eludir la inversión pública en este sector. Según una primera aproximación, meramente cualitativa, un plan de inversiones públicas que dedicara 1.000 millones de Euros (el 3% del presupuesto andaluz) durante los próximos 10 años, permitiría instalar 5.000 MW de potencia, creando otros tantos puestos de trabajo y, sobre todo, compensando en un 10% el déficit energético andaluz y la dependencia del exterior, evitando la salida de Andalucía de más de 1.000 Millones de Euros anuales.

Un plan andaluz de soberanía energética mejoraría nuestra calidad ambiental, crearía empleo, reduciría la dependencia del exterior y mejoraría la economía andaluza en su conjunto. Sólo falta voluntad política. Máxime, considerando los factores climáticos y geográficos que hacen de Andalucía un emplazamiento privilegiado para las renovables.

El mundo se ha lanzado ya a la revolución de la energía renovable. En 2013, las inversiones en nuevas instalaciones energéticas renovables superaron por primera vez a las nuevas instalaciones no renovables. Mientras tanto, nuestro modelo energético sigue anclado en el pasado. No permitamos que Andalucía pierda (también) este tren.

7 de abril de 2017

El partido que queremos

En puertas del Congreso del Partido Comunista en Andalucía, se han lanzado varios nombres para encabezar la nueva dirección, pero poco o nada sabemos del proyecto de trabajo que tales candidaturas y sus equipos plantean. Se aduce que la línea política ya se ha marcado en la primera fase del congreso. En consecuencia, bastaría ahora con un congreso "de trámite" casi sin debate.

Este es un argumento falaz, pues precisamente por lo trascendente del momento político, se echa en falta la expresión precisa y honesta de qué se quiere hacer y de cómo se quiere hacer: pasar de las declaraciones nominales de principios y objetivos aprobados en la primera fase del congreso, a la propuesta operativa de planes, métodos de trabajo y modelos organizativos, así como de las prioridades internas y externas, a raíz del análisis de la realidad concreta. ¿Es mucho pedir?

Yo, a ese ejercicio, le llamo identificar el partido que queremos.

En síntesis, el partido comunista que queremos es una organización de militantes implicados en la construcción de una red de sujetos revolucionarios con perspectiva de clase.

Vayamos por partes:

1. El Partido que queremos.
Porque no es el que tenemos. Desde hace años el partido no viene haciendo su trabajo. Hace cosas, pero son otras cosas. La militancia no está siendo organizada para intervenir en los frentes de masas. Algo imposible, pues tampoco se identifican previamente esos frentes de masas. Las pocas veces que se ha hecho, se ha llevado a cabo de una forma artificial y postiza, pretendiendo sustituir los movimientos con nuevos sujetos en lugar de trabajar y ganar hegemonía desde dentro de los ya existentes.
El partido realmente existente dedica demasiada energía a garantizar la ubicación de sus líderes en las instituciones en lugar de organizar a la clase trabajadora fuera de las instituciones. Demasiada energía a replicar el funcionamiento típico de los partidos del sistema: secretarías idénticas a áreas de elaboración programática, encuentros de cargos públicos, los mismos debates duplicados, los mismos órganos con estructura electoral (circunscripciones)... hasta el punto que son muchos militantes los que acaban preguntándonos: ¿Qué sentido tiene mantener dos estructuras que se dedican a hacer las mismas cosas?
Lo que ocurre, sencillamente, es que en estos momentos el partido comunista no está haciendo el trabajo de organizar a la clase trabajadora. Por eso, este partido que tenemos no es el partido que queremos tener.

2. Una organización de militantes.
La primera tarea del partido es recuperar el valor de su militancia. Nuestros camaradas, cuando se afiliaron, lo hicieron por algún motivo ¿no? Y están insertos en alguna o varias realidades sociales: laboral, de barrio, cultural, educativa... ¿Qué incidencia pueden tener en ese ámbito? ¿Qué capacidad de intervención? ¿Qué inquietudes pueden ser canalizadas por el partido? Que cada cual se pregunte cuándo fue la última vez que un dirigente del partido habló con el o ella y analizaron juntos en qué frente de intervención política o social era más oportuna su intervención.
Dirigentes que en lugar de reunir a la militancia para hablarle, se reúnan con la militancia para escucharla y canalizar a través del partido sus inquietudes y su potencial. Militancia organizada no como reflejo de los órganos de IU (asambleas paralelas) sino en función del sector de intervención política.

3. Implicados en la construcción de una red de sujetos revolucionarios.
Porque el partido no es el sujeto revolucionario. El sujeto revolucionario (cuando exista) será la clase trabajadora organizada en múltiples movimientos, organizaciones y grupos, protagonistas del cambio. No como una amalgama informe, sino como una red cohesionada por un programa y acción comunes. Esos sujetos están naciendo (y muriendo) cada día: en las organizaciones de parados, movimientos estudiantiles, feministas, de barrio, experiencias sindicales, movimientos de precarios, de protesta, de cultura alternativa, solidarios, ecologistas... pero el partido no está en ellos.
Si acaso, existen personas implicadas en esos sujetos que son militantes del partido. Muy distinto a militantes del partido que intervienen desde esos sujetos. Distinto también, como antes decía, a organizaciones creadas sólo con miembros del partido y que se limiten a sumar otras siglas más a la red, pero sin mezclarnos con nadie. Por este camino, cuando llegue el momento revolucionario, nos pillará reunidos.

4. Con perspectiva de clase.
Porque no toda organización ni reivindicación sirve, como tampoco sirve un relato que no refleje la realidad.
La perspectiva de clase pasa por el reconocimiento de la realidad actual, abandonando la repetición, como un mantra, de las categorías y análisis de hace 50, 100 o 150 años. Hoy, la clase es más condición sociolaboral que laboral sólo. Hoy, la clase es más barrio que fábrica.  Hoy, la clase es padecer las consecuencias de la agresión ecológica frente a quienes se enriquecen con ella. Hoy es cuestión de clase la garantía de irrelevancia de una libertad de expresión, acompañada de una comunicación mercantilizada.
Pero la perspectiva de clase quien tiene que tenerla no es un dirigente ni un documento, sino toda la militancia. Adquirir y profundizar en la perspectiva de clase requiere formación y debate político e ideológico. Divulgación de las grandes elaboraciones críticas del capitalismo. También educación de la militancia en la capacidad de análisis de la realidad concreta para guiar nuestra acción.
A todos los niveles, son estas las prioridades que debería marcarse una nueva dirección para guiar el partido en esta nueva etapa. Máxime cuando se anuncian confluencias electorales y sociopolíticas en las que cada vez va a contar menos el logotipo y las siglas y más la claridad de ideas y el prestigio militante de quienes las esgrimen. En las que la hegemonía se va a tener que ganar debate a debate, acción a acción, campaña a campaña… y la disyuntiva no es cualquier cosa, pues la ingente masa de descontentos se tiene que definir entre una serie de reformas radicales que se limiten a reparar el régimen, frente a la construcción del socialismo que defendemos, entre otros, los militantes comunistas.

El partido comunista que queremos es una organización de militantes implicados en la construcción de una red de sujetos revolucionarios con perspectiva de clase.

El partido que queremos es uno capaz de ganar este momento histórico. Ese es el debate y no menos el que nos interesa en esta fase congresual.